Descripción
Un poemario dividido en tres partes:
Parte I: La autora nos presenta mediante sus poemas las arias más conocidas de las óperas más famosas.
Parte II: La música del universo / Partitura del firmamento / Sinfonía cósmica.
Parte III: La música de los humanos / Bailarina en Lavapiés / El hombre de la trompeta rota / Guitarra en Tetuán.
El vientre sonoro del universo
Un poemario donde versos y música dialogan invitando a escuchar.
Su autora, Victoria Suéver, recorre tres dimensiones sonoras que se encuentran en lo más profundo de la existencia:
la grandeza de la música clásica y las arias más inolvidables; la música del universo, ese lenguaje invisible que vibra en el silencio de lo infinito; y la música de los seres humanos, tejida con recuerdos, emociones y vida cotidiana.
La lectura se enriquece especialmente cuando se acompaña de las piezas que inspiran algunos de los poemas, intensificando su disfrute y ampliando su comprensión.
Déjate llevar por estos versos y descubre la música que resuena en tu propia vida.
Presentación de Eugenio Rivera
Discurso de Eugenio Rivera
En la presentación del libro “El vientre sonoro del universo” de Victoria Suéver. Martes, 14 de abril. Biblioteca Elena Fortún de Madrid.
Buenas tardes.
Nos convoca hoy en este espacio la palabra vibrante de Victoria Suéver a través de su libro “El vientre sonoro del universo”, publicado por Nueva Estrella, sello editorial que viene apoyando propuestas poéticas tan interesantes como la que hoy presentamos.
Antes de entrar en hacer unas reflexiones sobre el poemario, quiero agradecerles tanto a Victoria, la autora, como a Lidia, editora de la obra, su amable invitación para que yo esté esta tarde aquí ante ustedes.
Bien. Hablar de “El vientre sonoro del universo” —libro que viene precedido por un brillante prólogo de Laura Redondo, que hoy nos hace los honores también— supone acercarse a un texto que propone un desafío al silencio.
Ya el título del libro de Victoria nos acerca a la “Música de las Esferas”, con la misma convicción de los pitagóricos al defender que los planetas, al girar, componen una armonía celeste que sostiene el cosmos. “El vientre sonoro del universo” —en su apuesta— es una declaración de principios neoplatónica y órfica. En ese “Vientre Sonoro” hay también una referencia directa a la matriz universal de la que hablaban los filósofos de la Antigüedad: vientre como metáfora del origen, la gestación, lo sagrado y lo femenino (que conecta con las Ménades como dadoras de vida y furia). El universo no es materia inerte, sino vibración.
Ese compás universal tiene —desde su plano macroscópico— réplica en nosotros mismos, como ponen de relieve los ritmos circadianos y dentro de ellos los latidos cardíacos entre sístole y diástole, que nos animan. “Como es arriba, es abajo” reza el principio hermético de correspondencia (del Kybalión) que afirma que existe una conexión entre los distintos planos de la existencia: el físico, el mental y el espiritual. En esta máxima se sostiene el hecho de que el interior de una persona refleja su exterior, y que el orden cósmico se manifiesta en lo terrenal. Esta es la interesante propuesta de Victoria Suéver cuando nos ofrece un poemario donde la poesía y la música dialogan —siguiendo el modelo dialéctico de Platón— en un equilibrio que amplía las posibilidades de estos dos lenguajes, aprovechando la sinergia entre ambos.
El vínculo entre la poesía y la música es tan antiguo como el hombre. La relación entre el verso y la vibración sonora no es solo estética, es la génesis misma de la palabra escrita. La poesía no nació para ser leída en silencio, sino para ser cantada.
Si viajamos al comienzo, la palabra “lírica” no apela a un libro, sino a un instrumento musical: la lira. El poeta original no era un escritor, era un rapsoda que declamaba la poesía oral.
En la antigua Grecia, el poeta se hacía acompañar del citado instrumento de cuerda. Orfeo no solo encantaba a las fieras, sino que con su música ordenaba el caos. Él representa al poeta como el pontífice entre el mundo inmanente y el trascendente (entre las dos orillas, la de los vivos y la de los muertos). Algo que Victoria retoma con la energía renovada de aquellos Ritos Órficos, en los cuales la música tenía un tinte salvaje y místico. Mientras la lira es apolínea (orden, luz), los ritos de las bacantes simbolizan lo dionisíaco (frenesí, ritmo percusivo, liberación). Es el diálogo entre la estructura del verso y el éxtasis del sentimiento.
La palabra viajó a lomos de la melodía durante siglos. A diferencia del aedo, que componía sus propios cantos inspirado por las musas, el rapsoda era un ejecutor profesional que “cosía” fragmentos de la memoria universal (poemas épicos preexistentes para crear una unidad narrativa) con el propósito de que no se dispersaran en el aire: era un “tejedor de cantos”, como demuestra la etimología: el hexámetro dactílico era, pues, el hilo conductor y el rapsoda declamaba con un bastón (el rhabdos) para marcar el compás en el suelo en lugar de usar la lira, usando el ritmo como regla mnemotécnica.
En el Medievo, la poesía se vuelve aristocrática y musicalmente compleja. El trovador (del occitano “trobar”: hallar o inventar) es el primer cantautor moderno. Alfonso X “El Sabio” con sus Cantigas de Santa María elevó la lengua vernácula (el galaicoportugués) a la categoría de arte total, fusionando la minuciosa estructura lírica con una rica instrumentación medieval. Así pues, si la música es una matemática sensible; la poesía es una música con significado.
El siglo XIX traerá un cambio de paradigma donde la sociedad burguesa encierra al lector en una estancia para que la poesía se circunscriba al ámbito privado de la lectura y, como consecuencia de ello, este mundo —donde la palabra y la música eran un todo indistinguible— tocará a su fin. Ese es el punto de inflexión exacto donde la poesía se “mutila” de su mitad sonora para convertirse en un objeto de consumo intelectual y privado. La poesía deja de ser un evento social (el trovador en la corte o el rapsoda en el ágora) para ser un ejercicio de introspección. El poema se encierra entre dos tapas de cuero. El lector ya no escucha la “música de las esferas”, sino su propia voz interna en el silencio de su estudio. Esto ha llevado a que algunos supuestos poetas actuales no solo hayan abandonado la música propiamente dicha, sino que han despojado sus versos de la musicalidad y el ritmo que le son inherentes al poema. Y tristemente es habitual ver composiciones prosísticas troceadas donde el autor cree que la simple disposición en vertical de sus fallidos versos constituye un poema. Es lo que Jesús Munárriz califica mordazmente de “prosa cortada en rebanadas”.
Lo interesante de “El vientre sonoro del universo” de Victoria Suéver no solo es el hecho de que nos hable de música —y, muy bien, por cierto— sino que sus versos están provistos de una fuerte impronta melódica y rítmica: algo que enfatizaba Rubén Darío en su soneto ‘Ama tu ritmo’. Asimismo, Victoria llega más lejos para proponernos en su poemario una composición polifónica, puesto que en la estructura del mismo la autora articula una arquitectura que se puede ver como una sinfonía en tres movimientos. En efecto, el poemario está diseñado como una composición musical:
La Parte I es un «Homenaje a la Ópera», donde Victoria actúa como una rapsoda de la lírica clásica. Pone voz y humanidad a las arias más famosas de Mozart, Beethoven, Verdi y Puccini.
La Parte II es una Sinfonía Cósmica, sección puramente pitagórica, donde la autora habla de la “Partitura del firmamento” y la “Música del universo”, una idea donde resuenan los ritos órficos.
La Parte III nos ofrece la “Música de lo Humano”: en ella la poesía baja a la calle para recoger la música del día a día.
En los versos de “El vientre sonoro” la música no es un mero adorno, sino un lenguaje para explorar la física, la memoria colectiva y la persistencia humana. Además, Suéver utiliza su característica «capacidad lingüística para la crítica social» con el objetivo de diseccionar el canon clásico y conectarlo con las realidades del presente.
Victoria no nos ofrece un poemario para el consumo silencioso siguiendo la tradición decimonónica. Ella se presenta aquí como una rapsoda contemporánea que vuelve a tejer los hilos rotos, actividad históricamente femenina, para regalarnos un libro que es un dispositivo sensorial: un poemario pensado para ser leído mientras se escucha música. El libro es la partitura y el lector se convierte así en su intérprete. Desde el homenaje a las arias de la ópera ya mencionadas hasta la exploración de la física moderna y el firmamento, Victoria nos recuerda que el universo no es un vacío, sino un útero materno. Y que ese vientre no es mudo: late, resuena y canta. Si los antiguos lo llamaban armonía celestial, hoy la ciencia lo llama vibración de cuerdas o frecuencias. Victoria une ambos mundos: el mito de Orfeo y la física, bajo el concepto del “Vientre Sonoro”.
Como en las Cantigas de Alfonso X, donde la lengua se elevaba para buscar la armonía divina, la poesía de Victoria Suéver es un mapa de frecuencias. Es un diálogo donde la lírica ya no es el acompañante de la música, sino su propia esencia.
Hoy, les invito a salir de esa “estancia privada” y entrar en este círculo sonoro.
A continuación, vamos a escuchar cómo la palabra de Victoria ordena nuestro caos interno y nos devuelve, por fin, a la vibración del universo.
Dispongámonos, pues, a ello. ¡Muchas gracias!
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