Ernesto entre nosotros

16,00 15,38 sin iva

Autor: Ernesto López Vinader
ISBN: 978-84-17857-23-3
Temática: Poesía
Formato: 160 x 230 mm
Encuadernación: rústica con solapas
Páginas: 180 páginas
Peso: gr.
Idioma: español
Lengua: castellana
Primera edición: diciembre 2020

Descripción

Prólogo
Ernesto López Vinader: Breve semblanza de un poeta caballeroso
Quien ahora les escribe, atento lector, atenta lectora, tiene para sí que la obra de un autor, de una autora, es muy difícilmente separable de la naturaleza del ser humano que la realiza. Como escritor que soy, sé que hay otras escuelas de análisis que sostienen lo opuesto, no sin argumentos. Probablemente sin certezas absolutas, como no las hay en el campo de la creación artística, porque dependerá siempre de quién hablemos y de cómo es su obra. En el caso del poeta Ernesto López Vinader, yo que lo conocí y fui su amigo, creo poder afirmar que su escritura está estrechamente ligada a cómo era él.

Cuando conocí a Ernesto en el Ateneo Científico, Literario y Artístico de Madrid, durante el Curso 2007-2008, yo entonces presidía la Sección de Literatura de la llamada Docta Casa y Ernesto era un consocio ateneísta muy activo en una tertulia miscelánea y de solera, llamada Pensamiento Marginal, que había fundado varios años antes Dña. Aurora Piedrabuena.

Andado el tiempo, Ernesto llegó a presidir la Tertulia, así como la Sección del mismo nombre, dejando un legado notable, aunque no siempre bien aprovechado por todos quienes, a su muerte, le sucedieron inmediatamente al frente de Pensamiento Marginal.

Desde que nos conocimos, y hasta que falleció, colaboramos con gran asiduidad. Primero en proyectos literarios, recitales en Vallecas con el emblemático grupo Poekas —donde también estaba su mujer, Rosa Casquero, actriz y gran recitadora—, en centros culturales y en el propio Ateneo de Madrid. Poco después, coadyuvando al gran proyecto para la Docta Casa que se llama, Convergencia Ateneísta, formada junto al insigne filósofo D. Carlos París en 2010 con el fin de relanzar la proyección de la bicentenaria institución. Ello, aún en un período especialmente duro con la crisis económica nacional e internacional, se logró. Y aunque el profesor París murió en 2014 y vinieron luego otras Juntas Directivas. Muchas personas continuamos leales a su ideal. Una de esas personas ha sido Ernesto López Vinader, hombre de acendrada conciencia cívica, lo fue hasta sus últimos días. Hoy su legado, además de en su escritura, pervive en otras tertulias ateneístas, como la Tertulia de las Tres Tertulias. Reflexiones sobre el Ser, coordinada por quien también admiró la figura de Ernesto y sus actividades culturales, la consocia Victoria Caro. Y su legado vive también en la Convergencia para la Estabilidad Democrática del Ateneo de Madrid.

La poesía de Ernesto López Vinader tiene cualidades musicales y plásticas. Resulta en ella perceptible el hombre de escena que fue su autor. Gusta de la rima consonante y en esas piezas hay una concepción oral. Están escritas para su recitado sobre las tablas. Un ejemplo, el poema titulado Áurea (pág. 52).

El lenguaje que usa es a veces de raíz modernista, neobarroco, como en el poema titulado Sandalias de cuero (pág. 128), inspirado en el cuadro «El aguador», del pintor Julio Ruiz:

El dúctil cobre cuelga refulgente
de tu rojiza saya
Es una poesía de trazo claro y comprensión accesible. En los primeros escritos, como el titulado El desengaño (pág. 116) , de fecha 1965, son perceptibles ecos rubenianos, con hipérbaton y con adjetivación prolija. La sonoridad de sus composiciones contrasta con una temática en varias ocasiones escéptica y aun sombría. En esa contraposición de forma y contenido se crea un efecto interesante. Desengaño, palabra clave en el Siglo de Oro español, lo es también en esta poética de Ernesto López Vinader.

Empero en su creación late asimismo un fondo de luz a modo de esperanza. Llámese piedad cristiana o fraternidad, también ahí está presente. Un ejemplo, el poema titulado Los trenes de la hermandad (pág. 50). Es solidaridad alejada de todo racismo y xenofobia.

Las razas multicolores
viajaban en esos trenes,
pero entre tantos dolores,
no se distingue quien viene.
Vemos como “el hermano”, lo es por ser humano. No obligatoriamente por grupo familiar. El hermano es el prójimo. Palpita ahí un cristianismo de base. Lo específicamente cristiano, el sentido fraterno del amor, emancipado de los vículos de la sangre, que dijera Antonio Machado en la Carta a David Vigodski, febrero de 1937, y Ernesto López Vinader lo cumple. Huellas machadianas y solanescas.
Hay también en algunas imágenes que el autor usa, como: el féretro y la niña muerta, donde late en el poeta un romanticismo de otro tiempo, del tiempo que se extingue, y él lo sabe y lo canta. Se canta lo que se pierde, escribió igualmente Machado.
Es reseñable la tierna preocupación de Ernesto por los niños y los mayores. Como sabemos, las personas más vulnerables de nuestra sociedad. Nos dice el poeta: Miráis a los mayores, como si no existieran. Añadiendo: Y un día, ya mayores, veréis la otra cara, como nos dice el poeta en el poema Jóvenes (pág. 68).
Según ya he apuntado, el poeta no renuncia a la esperanza, cuando en sus propias palabras “quema lo malo” Lo dice en el poema titulado San Juan (pág. 25). Un texto sin rima, que es de mis favoritos en esta selección. Nos lo escribe así: Con pies desnudos piso las sombras. Y en el poema El hidalgo (pág. 19) es difícil no ver al propio Ernesto en la figura de ese caballero esforzado y noble, cuando dice:

Soñador de mil aventuras,
de lucha a brazo y sudor.

En otros poemas el autor nos remite a un beatus ille radical —además de en el campo, que tanto amaba Ernesto, que fue una persona con un profundo conocimiento de la naturaleza—, en la infancia y en sus sueños, refugio sentimental del poeta.
Aunque tenga poemas irónicos, como el que le dedica al burocratismo y titula Del griego al francés (pág. 58), el Ernesto más íntimo siente el desasosiego melancólico, las galerías y las soledades del alma, con un amor al fondo. Así es en el poema titulado En el abismo (pág. 89), que es un tríptico, y de los textos sobre los que llamo más la atención, donde habita el Ernesto más complejo, menos musical, en verso largo.

El compromiso del autor está presente en poemas como Homenaje a Gabriel Celaya (pág. 130) y Corazón palestino (pág. 70). Aquí de nuevo, la figura del niño como símbolo de la inocencia amenazada.
Los textos a los que me refiero están incluidos en la muy adecuada selección de la obra de Ernesto, la cual ha realizado Luis Solís y Victoria Caro, al cargo de esta edición, a quienes agradezco mucho su labor.
Ernesto López Vinader era una persona de saberes multidisciplinares: poeta, actor, ocultista… Su figura, rara avis en nuestros tiempos; sin embargo, enlaza con toda una tradición de autores quienes, en una suerte de alquimia verbal, conjugaron fructíferamente: literatura y esoterismo.

Pienso ahora en el Valle Inclán de La lámpara maravillosa, en el Fernando Pessoa de Mensaje, en Juan Eduardo Cirlot y su Bronwyn… Y pienso en Rosso de Luna, teósofo por excelencia y, como Valle Inclán y el propio Ernesto, destacado ateneísta.

Sapere aude. Autor de variadas y prolíficas inquietudes artísticas, persona de cultura y conocimientos, Ernesto López Vinader resulta un poeta palpitante, digno de ser leído. A ello se invita ahora, no en vano.

Miguel Pastrana de Almeida
Poeta, miembro de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles.
Fue integrante de la Junta de Gobierno del Ateneo Científico,
Literario y Artístico de Madrid, entre 2008 y 2017

Vídeos

Y subí al cielo

San Juan